OPINIÓN: “Amores perros” y las horas bajas del fútbol sudamericano

Pablo A. García Escorihuela |  @PabloAGarcíaE

El enamorado es irreflexivo, pasional, tiende a mirar las cosas desde su única visión posible. Apasionado. Hay que hacer las cosas con amor, se suele decir en la vida, sin embargo, hay amores de amores, y hay momentos, donde no basta el sentimiento y hay que sentarse a hacer reflexiones profundas.

El fútbol de Conmebol atraviesa, tal vez, su momento más complicado en décadas. Y no se trata de algo macro. El Mundial de Rusia 2018, desnudó una realidad que poco a poco se venía desmenuzando desde hace un tiempo, y que los últimos acontecimientos de la final de la Copa Libertadores, y la posterior caída de River Plate (con más pena que otra cosa) ante un club emiratí en las semifinales del Mundial de Clubes, terminaron de dejar por sentado.

En Rusia, no hubo un semifinalista suramericano. En Brasil, por ejemplo, hubo dos, pero en Sudáfrica hubo uno (la fantástica Uruguay de Diego Forlan), y en Alemania, no hubo ninguno. Hay que remontarse hasta 2002, cuando la Canarinha logró alzar el último título del planeta para la región. Argentina, gigante amoroso y apasionado del balompié regional, no gana desde 1986, y su último título de selecciones fue en un ya lejano 1993, cuando ganó la Copa América.

Desde lo táctico, sigue habiendo entrenadores que han evolucionado en la región. Y muchos de ellos entrenan en Europa (Diego Simeone, Mauricio Pochetino), otros han cambiado momentos nefastos en sus equipos o selecciones (Luis Felipe Scolari, Tité o Ricardo Gareca), y el talento que produce la zona, sigue siendo estandarte en las ligas de más prestigio. Hay mucho amor por Lio Messi, Neymar, Luis Suárez, Radamel Falcao o Arturo Vidal, por nombrar sólo cinco.

No obstante, hay realidades crueles. Económicamente, los clubes suramericanos no pueden competir contra los europeos. El 80% de la región ni siquiera puede pelear con clubes de México o la MLS de Estados Unidos.

El Atlanta United, ese que relanzó la carrera de Josef Martínez, ya fichó en 2017 a Ezequiel Barco de Independiente de Avellaneda por 15 millones de dólares, después de que el muchacho fue el mejor fútbolísta del torneo argentino con 18 años de edad, y ahora hará lo mismo con Gonzalo “Pitty” Martínez, a quien se llevarán de River Plate a cambio de 18 millones de dólares. Y en la misma ciudad juega Miguel Almiron, joven paraguayo de 22 años, ya en la mira del Arsenal y Newcastle de la Premier League inglesa.

Los clubes de la región pierden rápidamente sus talentos, mientras en las oficinas, unos que dicen saber de amor y de pasión, no colaboran con mejorar el desmadre. La zona que tuvo más oficiales involucrados en el escándalo de corrupción de FIFA fue Conmebol. Algunos pagan hoy las consecuencias en prisión o en la comodidad de la casa por cárcel (así hagan esfuerzos para vestirlos de héroes o víctimas), otros, se fueron de este plano sin asumir la responsabilidad de la sentencia de ley.

Las oficinas están penetradas en algunos casos por líderes de las barras bravas, personas con prontuarios criminales que hicieron de los otrora llamados grupos de animación organizaciones de choque, para el reclamo territorial de un estadio que en muchas ocasiones, ni les pertenece. Incluso, en algunos países de la región, se descuidó tanto la entrada de nuevos capitales, que muchos utilizan el fútbol para lavar dinero de ilícitos de corrupción o de otras actividades ilegales.

En este escenario ¿Cómo se puede mantener el nivel futbolístico de otrora? ¿Cómo se compara a la Copa Libertadores con la Champions League, o a la Europa League con la Sudamericana? ¿Cómo es posible que se argumente sólo desde la pasión? ¿Es amor, o es una obsesión? (dijo Romeo Santos).

El acto de “amor apasionado” en la pedrada al autobús de Boca Juniors, que desató toda la polémica sobre la incapacidad organizativa de Conmebol, también derivó en un debate futbolístico para la reflexión. En Europa se midió con una vara desmesurada la calidad de la final de la Libertadores disputada en el Santiago Bernabéu, qué si bien es cierto, no fue tan vistosa como la ida, fue un típico partido de final, trabado y cerrado, como cualquiera de las últimas diez finales de Champions.

Después argumentar que la Champions tiene poca calidad y muchos equipos, sin mirar las rondas preliminares de la Libertadores o la Sudamericana, o incluso, la fase de grupos del torneo que River ganó en 2018, no es más que miopía selectiva o exacerbado fanatismo, el último y peligroso estadio del amor.

Y sin contar que los millonarios, terminaron sucumbiendo en el Mundial de Clubes, superados desde el esfuerzo futbolístico ante un desconocido Al Ain, un club emiratí que le puso más amor al partido del martes 18 de diciembre, que otra cosa. Hay formas de querer, y hay amores perros, que llevan a la locura. A Conmebol y el fútbol suramericano, les urge tener menos pasión y más raciocinio, para rescatar al juego que tanto dicen amar. 

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