De patear pelotas en una playa venezolana a ser capitán de la sub-16 de Argentina

Mariann García |  @MariannGarcia

«Campeones, campeones», corea Tiago Geralnik, capitán de la selección de fútbol de Argentina sub-16, quien comenzó a patear pelotas a la orilla de una playa en Venezuela. Su alegría es la de todo un equipo que acaba de titularse campeón en el Mundialito de Montaiguen en Francia, tras haber vencido a México por penales (5-4) luego de igualar 1-1 en la final. El rosarino lleva en sus manos el premio de mejor jugador y en las redes sociales comienzan a aparecer los recuerdos de su niñez.

En 2005, mientras los argentinos estaban embriagados por la revelación de Lionel Messi en el Mundial sub-20 y ya lo bautizaban como el sucesor de Diego Maradona; al oriente del país caribeño, específicamente en Puerto La Cruz, Tiago empezaba a jugar fútbol en la escuela del Hotel Neptuno. Tenía dos años y medio.

Su padre, Marcelo Geralnik, había recibido una propuesta para trabajar como preparador físico en el Deportivo Anzoátegui, un equipo de la segunda división del fútbol venezolano. La respuesta fue afirmativa: aunque solo conocía el lugar por referencia de su colega y amigo Rodolfo Paladini, decidió soltar amarres y emprender nuevos rumbos junto a su esposa y Tiago.

Después de casi tres años, Marcelo se trasladó a Barinas para trabajar con el Zamora Fútbol Club y su familia solo iba de visita. Posteriormente, pasó al Deportivo Italia en Caracas. Ya en la capital, el pequeño de 5 años se dedicó a deslumbrar en las escuelas de fútbol del Colegio Cristo Rey, La Salle y la Hermandad Gallega. Su nacionalidad no solo resaltaba con la tonada, sino por sus cualidades futbolísticas. Los jugadores de aquel club pronto a desaparecer lo recuerdan porque siempre andaba con una pelota. «Desde muy chiquito se le veía algo distinto, a veces jugaba fútbol tenis con nosotros», destacó Ricardo Andreutti, actual jugador del Caracas Fútbol Club.

En 2011, al chico, que nació el 31 de marzo de 2003, le tocó despedirse de sus amigos caraqueños y mudarse a Barquisimeto. Su padre firmó con el Club Deportivo Lara, dónde además de ser el preparador físico, también creó la escuelita de fútbol menor. Tiago aprovechó este lugar para repartir goles y asistencias como si fuesen golosinas en una fiesta de cumpleaños. Gracias a su rendimiento se ganó la cinta de capitán.

Tiago Geralnik durante un partido con el Club Deportivo Lara (Instagram @tiagogeralnik)

José María Mor, excoordinador de las inferiores del Lara, describió al capitán de la sub-16 de Argentina como un jugador muy técnico que se desenvolvía de diez u ocho. «Él siempre estuvo adelantado porque convivía con los jugadores de primera división», rememoró sobre el chico que también participó en torneos nacionales con el estado Lara.

Los ejercicios físicos eran la pesadilla del argentino, y como todo niño le encantaba comer dulces. Lo paradójico es que en su casa tenía al encargado de mantener en forma a los futbolistas profesionales, por lo que siempre recibía un llamado de atención. Su “flojera” nunca opacó las habilidades que tanto elogian quienes lo vieron pasar por las canchas de Venezuela. Miguel Mea Vitali, uno de sus referentes y capitán de aquel equipo en el que recogía pelotas al ras de la línea de cal, aplaudió todos sus logros y entre risas recordó una de sus falencias: «Tenía menos zurda que el padre, solo la usan para subir al auto».

A finales de 2013, los Geralnik le dijeron adiós al estado Lara y retornaron a la Argentina. La situación socioeconómica de Venezuela había empeorado, las protestas se incrementaron y el índice de delincuencia subió tanto como la inflación. Marcelo decidió aceptar una propuesta para trabajar con Mineros de Guayana en Puerto Ordaz, pero esta vez viajó solo. Tiago se quedó y comenzó a entrenar con el Club Provincial de Rosario.

Luego de comenzar a formarse en el fútbol venezolano, Tiago regresó a su país (Instagram @tiagogeralnik)

La estabilidad para alguien que vive del fútbol puede ser una utopía, no por el dinero, sino por la vida de nómada. “Él es muy adaptable, le tocó vivir en ocho ciudades y cursar en nueve colegios. En 2015 también se fue conmigo a la Universidad de Chile, ahí solo entrenó, no tuvo partidos oficiales”, alegó Marcelo Geralnik al hablar de los cambios que le ha tocado a su hijo en apenas 16 años.

Al regresar a su ciudad, en junio de 2016, el derecho debutó con el Club Adiur en Rosario. Le bastaron unos cuantos partidos para destacar y recibir el llamado de la selección sub-15 de Argentina. Su actuación no pasó por debajo de la mesa y un año más tarde fue seleccionado para formar parte de las juveniles de River Plate. Se mudó a Buenos Aires y sus padres algunos fines de semana viajan a visitarlo. “Jugar aquí es lo más grande que hay, es el mejor club de Argentina”, exclamó el mediocampista de la séptima que ya ha tenido como espectador a Marcelo Gallardo.

Sus convocatorias a la selección son producto de una destacada actuación con goles y asistencias en el torneo juvenil nacional. «Es un orgullo estar en la selección y además llevar la cinta, un sueño que tuve y gracias a Dios se me está haciendo realidad», dijo el capitán de la albiceleste que este año alzó dos copas en torneos juveniles que se jugaron en Europa.

El diez de Argentina disfruta de los buenos momentos con los pies en la tierra. Uno de los tantos consejos que su referente Mea Vitali de 38 años, exVinotinto y quien jugó en el fútbol argentino con Chacarita Juniors en 2003, le repite constantemente a través de Whatsapp. En su memoria aún mantiene cada recuerdo del país que lo adoptó durante casi una década, en el que aprendió a cantar música llanera y se enamoró de las arepas, los tequeños y las cachapas, los platos de comida que todavía se sirven en la mesa de su casa.

No descarta algún día volver al Caribe, y no precisamente para ir de vacaciones. «Mi sueño es ser jugador profesional, así que si se da la posibilidad de ir, seguro la aceptaría», afirmó al dejar saber que su gran objetivo es jugar en las ligas más importantes de Europa.

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